Estoy cabreado, si, bastante cabreado. Tanto que no me puedo concentrar más que en sensaciones negativas a mi alrededor. Quizá pueda ser injustamente duro en esta entrada, pero, honestamente, ¿qué más da? Y es que estoy bastante harto de ser siempre el imbécil al que se le pueden exigir cuestiones y comportamientos que no se le exigen a nadie más y que, para mayor gravedad, nunca llevan una contraparte equivalente.
Sí, es cierto que tratar de mantener un trato que considero "adecuado" con la gente, a pesar de las ostias, no ayuda. Que me caló demasiado honda la moral cristiana del "poner la otra mejilla" o de otras tantas cosas, a pesar de mantenerme alejado de las hipócritas estructuras de la iglesia que la representa. Y que eso lo único que lleva es a que se presuponga por "el resto" que a mi se me puede tratar peor. Es probable que sea cierto y que, en general, se me pueda tratar peor, pero hay exigencias, implícitas o explícitas, que tocan mucho... la moral.
Hay infinitos ejemplos, muchos contados entre estas páginas pero, naturalmente, la concreción de un momento no vive en el abstracto de la generalidad. Y sí, hoy me ha tocado los cojones más de lo que debería recibir una serie de mensajes de tinte pasivo-agresivo, con insinuaciones... complejas que obvian demasiadas cosas.
En mi tránsito por este valle de lágrimas que es la vida y, sobre todo, por la oscuridad que inunda la mía, he aprendido, para lo bueno y para lo malo, que la coraza es lo único que queda al final. Y que si la abres, y lo bueno no compensa las sensaciones negativas... pues lo siento mucho, a otra cosa y todos amigos. Cuanto antes ocurra, mejor. Otra de las certezas es que, por suerte o por desgracia, la autosuficiencia me llegó hace demasiado tiempo.
Ahora mismo, por diversas casualidades que se han dado, estoy terminando de leerme "Detrás del Ruido" el segundo libro de Ángel Martín, y me está pasando un poco lo que me pasó con el primero. Asumiendo la distancia que existe entre la racionalización absoluta y aceptación del suicidio, en mi caso, y su brote psicótico, se pueden encontrar muchos paralelismos entre "las voces" y las mañas para levantarse día a día. La cuestión es que leyendo los libros y escuchando los podcast he corroborado que casi todas esas estrategias ya las llevaba aplicando desde la más tierna infancia. A veces de forma más consciente, a veces menos. A veces intentando retorcerlas porque "esperar que algo cambie sin cambiar nada es absurdo" y a veces de forma más canónica. Comprobando que hay herramientas que ya no me son tan accesibles como antaño, pero que la crisálida hace años que ya es de diamante.
"Si no aporta, no importa", "Quien está, está", "conocerse a uno es lo importante", etc... muchas frases con parte de razón y parte de lógica individualista. El problema es que vivimos en una sociedad completamente individualista y hay que sobrevivir.
Cualquier relación entre dos personas, del tipo que sea, necesita cierto balance entre ambas, o al menos entre todos los elementos que la integran. Muchas veces se pueden ver profundamente desbalanceadas pero eso es porque al menos una de las partes ve en el otro cosas que los demás no. Pero cuando ese pequeño hilo que define la relación se rompe... pues no se puede hacer mucho más. En mi caso, además, se da una paradoja (que probablemente sea muy común) y es que una vez que ya se ha roto, los motivos de ello poco importan y tampoco me resulta interesante machacar al otro con reproches. [No es así siempre y claro que ha habido veces que he sido más explícito con los motivos, pero normalmente porque esa otra persona me importaba mucho más de lo que implicase la posible, o no, relación]. En realidad ¿qué más da si dijiste X o Y? ¿qué importa si se pudo cambiar algo? Siempre hay miles de razones, por ambos lados, y la realidad es que la confianza se quebró.
Si el sentimiento que recibo es que mis problemas aburren y/o molestan dejaré de compartirlos y eso ya no volverá. Si los reproches no van unidos de intereses igualmente intensos, no hay razón para darse de bruces contra una pared, principalmente porque duele. Y, oh, sorpresa, el interés no es eterno, va bajando con cada decepción y depende mucho del nivel inicial. Si no hay nada que lo haga subir, si termina agotando, y no pasa nada.
Por mi parte estoy ya muy cansado de repetir esencialmente la misma historia tantas veces, en tantos niveles distintos. Por desgracia no creo que vaya a cerrar puertas y volar puentes que permitan que entre gente de 0, no voy a dejar de tratar como yo considero que debo hacerlo, a quien llegue desde fuera, dando esa oportunidad incluso a quien no la merezca. Por tanto seguiré encontrándome con esa sorpresa, enfado y reproche cuando la gente que se hace la idea de que soy una especie de saco al que poder golpear sin que pase nada, se de cuenta que lo de sentirme gilipollas... cada vez lo aguanto menos tiempo. Y si, es de donde he recibido los mayores reproches y los mayores odios de mi vida, de esa sorpresa de que, fíjate, si no era imbécil... Como he dicho siempre, yo de buenas soy tonto, pero de malas no me vas a mover. Puedo aguantarme muchas cicatrices, pero a mi no me vas a llevar por las coacciones habituales, ya sean la agresividad y el miedo o el chantaje emocional y la presión de grupo. Si algún día me diagnostican una neurodivergencia, irá por ahí...
A veces pienso que si la gente pudiera experimentar el vacío que queda en su recuerdo, dentro de mi cabeza, cuando ocurre la decepción... Un vacío infinito, opresivo, que se lleva cualquier tipo de sentimiento salvo la pereza más absoluta que hace rebotar cualquier otra cosa al pensar en tener que tengo que cumplir con alguna convención social a su alrededor. Y si, cuando intentan tirar de una cuerda que no existe, el vacío devuelve también algo de cabreo momentáneo derivado de esa pereza de "mira, es que ya... no, si en vez de este vacío hubiera algún tipo de interés podría decirte porqué ya no hay interés, pero... ni siquiera hay interés negativo o agresivo".
El cansancio y el hartazgo... cada vez más presentes, eso si...