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domingo, 4 de noviembre de 2018

Universos Mínimos XI


Un año más la USAL convoca su certamen de, microrrelatos primero, ilustración después. Este año debería haber sido algo especial debido al 8º centenario, pero parece que ha sido más improvisado que en ocasiones anteriores ¡No tenemos ni logo!
Y no sólo eso, tampoco han dado demasiado tiempo que digamos. Por eso no lo he avisado por aquí. Hoy se acaba el plazo y yo acabo de enviar mi tradicional microrrelato. A ver si al menos no hacen como en la décima edición que no nos enviaron las tarjetas a los participantes :S (al menos si que me pude hacer con ellas).
Bueno, que ¡mucha suerte a todos los participantes y hasta la duodécima edición!

jueves, 14 de diciembre de 2017

El Metro

El Metro

Descender, como Alicia, por la madriguera del conejo y esperar mientras llega la anciana oruga. La aparente hostilidad de los estresados conejos no llega a desbordar, a pesar de las estrecheces, ya que el infinito en milímetros mantiene la soledad del individuo.
Poco a poco el horizonte se va despejando permitiendo ver la flora que puebla el camino. Diferentes historias, cada una para su propio narrador narrado. Historias que se interrumpen y continúan de forma cíclica.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Sinuosa Musa

Sinuosa Musa


¿Cómo pueden las simples letras
alzarse en tormentosas olas?
¿Es factible
ver un patrón en el océano?
Reconocerlo
como tu barrio
de la infancia.
Recorrerlo entero,
sin bote, velero, ni lacha,
y sin caer rendido
en medio de su inmensidad.
Todo es posible,

con la musa adecuada.

domingo, 22 de noviembre de 2015

MicroComienzo

MicroComienzo


La excitación que traen las altas expectativas con un nuevo amor a primera vista.
La promesa de un nuevo y bello mundo.
Las inminentes presentaciones de aquellos que, pronto, serán grandes amigos.
El reconfortante olor que precede las mejores historias.
Ese tacto tan físico que te mantiene unido a la Realidad
mientras exploras la más alocada Fantasía.
Hoy toca perderse entre sus letras,
hoy comienza una nueva aventura.


viernes, 9 de octubre de 2015

Convence a Rosaura

¿Cómo no seguir, oh Rosaura, a un hombre que conoce tantos mundos diferentes? Un hombre que ha vivido intensas aventuras, con miles de maravillosas historias que contar y leyendas que transmitir. Alguien capaz de renunciar a todo eso por tu amor.

Huye con él de la ciudad, casaos en la primera iglesia del camino, tened dos hijos y llamad a la pequeña Zoraida, como tu abuela. Escribid con vuestras vidas un relato digno de las estanterías de tu amado librero.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Viernes

Fue una despedida de lo más normal.
Nada hizo sospechar que ya no habría otras.

No era necesario.

Decisión tomada

No alcanzó a imaginar las consecuencias.

Supuso que levantaría polvo, o haría temblar algún guijarro. Pero la realidad fue devastadora.
Ningún pilar se mantuvo en su sitio tras estremecerse la estructura hasta los cimientos.
Todos consideraban que era un mero estorbo, absolutamente prescindible aunque con alguna utilidad puntual. Incluso él mismo lo creía así.


Cuán equivocados estaban.

jueves, 19 de diciembre de 2013

[Microrrelato] Evasión

Evasión

Ante ella se abrió un mundo de increíbles maravillas
un lugar donde el tiempo parecía detenerse,
en el que ya no importaba lo pasado
y que aliviaba lo sufrido.
Dónde la vida continuaba,
impredecible y arriesgada,
irónica y poética
simplemente mágica,
tal cómo debía ser.


Entonces, cerró el libro, era hora de dormir.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Despertar

Aquella mañana estaba preciosa,
radiante cual supernova.
Sus ojos aguamarina
demostraban la inmensidad de su mirada
Su sinuosa silueta
invitaba a cualquier locura.
Ese rebelde mechón
negro como la noche
recorría su rostro
otorgándole cierto misterio.
Tan perfecta.
Nada hacía sospechar
que esa sería la última vez
que la vería.


Autor: Enrique Vázquez de Luis

sábado, 15 de diciembre de 2012

Solo un posible fin del mundo


Estaba anocheciendo sobre Chichén Itzá pocas horas quedaban de luz y la serpiente debía ascender por sus escaleras una última vez. Pero eso no ocurrió. Tal como se había predicho miles de años atrás, ese atardecer la serpiente no se posó en la interminable escalera. Algo no iba bien. El sol estaba a punto de desaparecer en el horizonte y ya no había duda, el final estaba cerca.
En ese instante, en ese preciso instante las histonas del planeta dejaron de cumplir su función principal, empaquetar la cromatina. El efecto no se hizo esperar. El núcleo de cada célula eucariota del planeta comenzó a desestabilizarse. El ADN, comenzó a desenllorarse sin control.
Las hebras se retorcían, enredaban y quebraban. Pero eso no era el mayor problema, la membrana nuclear, incapaz de contener el ADN sin el empaquetamiento adecuado, cedió dando paso a una expansión descontrolada de su contenido.
Las cadenas de desoxirribonucleótidos inundaron el citoplasma, empujando a los orgánulos contra la membrana plasmática o pared celular, según el caso. Todas y cada una de las estructuras internas de la célula se vieron destruidas, por la presión ejercida contra ellas.
Y por último, la membrana cedió, incapaz de contener los filamentos con lo que fueron las órdenes para la vida. Pero ese concepto ya carecía de significado, al menos para cualquier organismo que necesitara empaquetar su carga genética. Las primeras en explotar fueron las células carentes de pared, pero estas últimas no tardaron en seguirlas.
Todo el planeta de inundó, de repente, de las sustancias que segundos antes habían sido los organismos que lo poblaban. No quedaron plantas ni animales, sólo un yermo planeta, frío, inhóspito... vacío.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Besos a medianoche

Mi esquiva Denna, mi preciosa Art3mis, mi deslumbrante Idril Celebrindal hace tiempo que no escribo sobre ti, aunque eso no quiere decir que no te tenga en mis pensamientos cada minuto. Hace tiempo que te evito, pero eso no significa que no diera mi alma por pasar un segundo a tu lado. Aunque sepa con casi total seguridad que nunca te interesaré ni tan siquiera como una fugaz compañía no te he dejado de amar.
Llevo un tiempo tratando de evitarte, de la misma forma que antes buscaba tus ojos al doblar cada esquina. Pido al cielo y al infierno no encontrarme contigo porque se que tu no quieres sentir mi presencia, se nota en tus gestos, tu mirada ya no es la misma, tu tono ha cambiado. Y lo que más me duele es no saber por qué, ¿qué ha cambiado? ¿qué es lo que he hecho mal? Porque nunca he dado un paso para acercarme a la línea que no se debe cruzar. Yo creo que no he hecho nada malo, o al menos esa nunca ha sido mi intención y es que amarte no es elección mía, es algo que simplemente ocurre, en cualquier caso, nunca podría decir que eso es algo malo... para ti.
Pero no solo clamo no encontrarme contigo por ti, sino también por mi. Ahora mismo no puedo permitirme entrar en un ciclo agónico que conozco demasiado bien. Tengo que cumplir con mis ineludibles obligaciones o al menos intentarlo con todas mis fuerzas.
Pero al universo le gusta jugar a un jueguecito, en el que se divierte mucho y es ponerme a prueba. Hace unos días ya tuve esa sensación tan conocida de los últimos meses, iba a encontrarme contigo. Era inevitable, y por mucho que he tratado de pasar por lugares en los que no nos hemos cruzado nunca, la taquicardia de hoy no era por mis "obligaciones" ni por el agobio del tiempo. No iba a poder evitarlo más tiempo.
Y no, no podía haber ido peor. Supongo que... lo siento, haberme parado cuando se notaba a la legua que no era tu intención. Si la vida fuera una serie de televisión y yo su protagonista te habría dicho lo preciosa que estabas y habría hecho alguna gracieta preguntándote si me has echado de menos.
Mira, no se, ya estoy en esa fase que no se lo que digo o escribo. Me duele verte porque mi, ya de por si escasa, autoestima cae a niveles críticos. Porque no se qué es lo que he hecho mal cuando no he hecho absolutamente nada. Y porque, aun sabiendo que no puedo hacerte feliz, que no soy yo quien vaya a gustarte nunca, no puedo dejar de pensar en ti, cuando ahora mismo si que necesito todo mi pensamiento centrado en el trabajo.
Te quiero si, te amo, seguiría dando cualquier cosa por ti y por verte sonreir, porque esos ojos castaños vuelvan a hacerme sentir la persona más especial del mundo incluso aunque esa no fuera su intención. Pero supongo que de momento, te hará más feliz no volver a verme. Lo que nadie podrá quitarme son los besos que te envíe en esta y otras cartas.

Siempre tuyo

Wade Dust

martes, 17 de julio de 2012

Unos días más


Esa noche Alberto se había quedado a trabajar hasta muy tarde, era demasiado responsable como para dejar cabos sueltos y quería dejar todos sus trabajos dispuestos y bien explicados para que quien ocupara su puesto pudiera seguir exactamente donde él lo dejó.

El día anterior había tomado la determinación de acabar con todo de una vez y para siempre, puede que fuera una decisión cobarde o egoísta ya que su vida, aparentemente, no era tan mala como podía ser la de otras personas, pero ya no sentía que pudiera aportarle nada al mundo, y mucho menos que el mundo pudiera aportarle a él algo que no fueran palos y decepciones. Así que tomó esa decisión en firme.
Sólo se fue a la cama cuando dejó escrita una enorme parrafada en la que explicaba su decisión a las pocas personas que pudieran lamentar su pérdida. De hecho Alberto estaba convencido que, pasadas dos o tres semanas a nadie más volvería a importarle ese acto.

Y ahora, ya termina de recoger sus cosas, despacio, con una tranquilidad increíble dada la situación y con un solo lamento en la cabeza. No haber podido ver a Irene por última vez antes de que su conciencia se diluya para siempre en la inmensidad del universo.

Irene es la razón por la que Alberto ha aguantado un tiempo extra entre los vivos. La sola esperanza de vislumbrar su morena melena a través de una esquina, cruzar una mirada y recibir una sonrisa era motivo suficiente para un día más.
Nunca llegaron a tener nada, Alberto lo soñaba a cada instante, pero sabía muy bien que su sitio no era ese y, además, ¿qué iba a ver ella en alguien como él? Se hacía esa pregunta una y otra vez. Hasta que un día, simplemente, dejó de hacérsela. Aceptó que ella nunca iba a fijarse en él en ese sentido, y se limitó a resultar una agradable compañía si tenía la suerte de pasar con ella unos minutos.

Por fin, apagó la pantalla del ordenador, dejó el ratón bien colocado, se puso la chaqueta y salió por la puerta de su despacho. Dejó cerrado con llave ya que, aunque no le importaba que alguien no autorizado pudiera entrar, era un hombre de costumbres. Encaró el largo pasillo hasta las escaleras de entrada con una parsimonia difícil de explicar. Normalmente recorría ese pasillo con prisas, pero hoy no, hoy quería fijarse en cada rincón del mismo.

Le gustaba ese edificio, le parecía que tenía el equilibrio justo entre funcionalidad y modernidad y por eso le gustaba trabajar allí. Llegó al ascensor pero decidió bajar por las escaleras, al fin y al cabo, sólo había un piso. Ya en el vestíbulo se despidió del conserje con un gesto, como cada día y encaró el camino de regreso a casa.

De camino, como no podía ser de otra manera, soñaba con esos preciosos ojos marrones que le quitaban el sueño, lamentaba no volver a verlos mientras entraba en la remodelada plazuela que atravesaba al menos dos veces al día.
Las obras en la plazuela habían durado varios meses, varios meses en los que era un jaleo atravesar por ella pero hacía una semana que la habían terminado y reinaugurado y, había que reconocer que la habían dejado bonita y bien hecha. Habían traído flores de muchos lugares del mundo y formaban un mosaico de vivos colores tan hermoso que había que inmortalizar.
Alberto sacó su cámara del bolsillo y enfocó al jardín. Tomó la foto y cuando fue a comprobar qué tal había quedado se quedó mudo de la impresión. Allí estaba Irene, un poco cabizbaja y con la mirada perdida, pero tan preciosa como siempre. Las flores no le hacían justicia a su belleza pero creaban el marco perfecto.

Por supuesto, el flash la alertó y se giró hacía dónde estaba Alberto. Esbozó una tímida sonrisa y le saludó.

- Hola Al.
- Ho...Hola Irene ¿Qué tal?
- Bien ¿y tu?, que hace mucho que no nos vemos.
- Si, es cierto. Pues bien, un poco cansado del trabajo pero ya ves qué horas. ¿Qué? ¿Subes hacía casa?
- La verdad es que si.
- Pues te acompaño, si no es molestia claro, que llevamos la misma dirección.
- Vale.

Ambos esbozaron una sonrisa y tras un segundo en el que no pudieron apartar la mirada el uno del otro Irene se giró, y ambos empezaron a caminar.

- ¿Te apetece tomar algo? - Preguntó Alberto tímidamente, nunca se había atrevido a nada semejante pero, ¿acaso tenía algo de qué preocuparse? No era más que una forma amistosa de disfrutar de su compañía unos minutos más.
- No, la verdad es que no me apetece mucho, estoy algo cansada. Pero gracias de todas formas.

Alberto sintió como si una losa de realidad le aplastara contra el suelo. Bastante suerte había sido ya encontrarse con ella, la realidad volvía a demostrarle que no podía aportarle nada, ni siquiera como amigo, al fin y al cabo ¿quién era él?

- Y... ¿Cómo no pasaste el otro día? Me dijeron que estabas muy ocupado pero a mi eso me suena a excusa barata ¿eh? - Bromeó ella tras unos instantes de silencio.
- Pues... - Sonrió sin saber muy bien por qué. - La verdad es que no me encontraba muy bien y no quería ser una molestia.
- Tu nunca molestas.
- Bueno, tengo mis dudas al respecto de esa afirmación. 

Parecía que el ambiente se relajaba otra vez un poco y llegó otro de esos silencios que nadie sabe muy bien cómo romper. En este caso fue Alberto quien lo rompió, lo cierto es que no la veía tan bien como de costumbre y no podía contenerse a preguntar.

- Oye Irene, a lo mejor me estoy metiendo dónde no me llaman o algo pero ¿estás bien? Te noto un poco cabizbaja y triste y... no se... me preocupa.
- Que majo... No te preocupes, estoy bien, ya te he dicho que solo estoy un poco cansada – Mintió ella, forzando una sonrisa que se veía falsa a la legua.
- Bueno, pero sabes que puedes hablar conmigo de lo que quieras,
- Pues, la verdad es que yo tampoco estuve mucho rato el otro día. - Cambió ella de tema. - Antonio y estos si que se quedaron más rato pero a mi me dolía un poco la cabeza y me fui para casa.
- Vaya, por cierto, ¿qué tal con Antonio?  - Preguntó Alberto, no sin cierto dolor.

Antonio era una reciente incorporación al “grupo”. Realmente no pegaba nada con el resto de integrantes. Era el típico creído, sin oficio ni beneficio que coleccionaba mujeres de cada sitio al que iba. E, Irene, era la última adquisición de esa colección.
Todos sabían que había algo entre ellos. Realmente nadie lo entendía, porque Irene nunca había sido de ese tipo de chicos, pero lo que estaba claro era que quien la besaba era Antonio.

- Bien... - Y mientras respondía una pequeña, casi imperceptible lágrima recorrió su mejilla.
- Irene, ¿Estás bien? - Alberto se había plantado delante de ella y, con una suave caricia retiró la lágrima de su trayectoria hacia el suelo. Nunca antes la había tocado, al menos no de esa forma, pero eso es algo que ni se planteó. - Ahora si que no voy a aceptar un “no” por respuesta, vamos a tomar un té... ahí mismo.
- No, si estoy bie... Está bien, vamos.

Entraron en una cafetería y se sentaron.

- Y ahora que estamos más tranquilos, me vas a contar qué ocurre. Se que no so
- No ocurre nada Al – Le interrumpió ella. - Al menos nada que deba preocuparle a nadie.
- Pues a mi me preocupa y lo siento pero no me voy a ir de aquí hasta que no te desahogues.
- No se qué estoy haciendo con mi vida, últimamente no hago más que dar tumbos sin saber muy bien por qué tomo las decisiones que tomo. Lo de Antonio, por ejemplo, ni siquiera me gusta, no se por qué estoy con él. Supongo que después de... bueno ya sabes, necesitaba algo diferente y... Joder ¿qué he hecho?
- Escúchame Irene, todos cometemos errores en la vida, la cosa es saber reconocerlos, aprender de ellos y seguir hacía delante. Se que has pasado una época muy mala pero tienes muchos motivos para sentirte orgullosa de ti misma. Eres inteligente, guapa, estar a tu lado es todo un privilegio. Deberías estar muy orgullosa de ti misma.
- Gracias, de verdad, tus palabras me levantan un poco el ánimo. Aunque no me creo ni la mitad ¿eh? - Bromeó Irene.
- Al menos te has reído, pero que sepas que todo es verdad, palabrita de Niño Jesús.

Pasaron horas hablando, comentado cosas sin importancia o arreglando el mundo, pero sobre todo tratando de que Irene se mantuviera alejada de sus pensamientos negativos.
Al llegar la hora del cierre, se dieron por aludidos y salieron de la cafetería, riendo como dos colegiales, habían estado poniendo verdes a unos y a otros y ya se sabe lo que divierte eso.

- Bueno, supongo que aquí nos separamos
- ¿Qué clase de caballero sería yo si no acompañara a tan bella dama hasta el portal? - Comentó Alberto
- Pues uno muy malo – Contestó Irene que deseaba que esa noche no terminara nunca.

Compartieron camino hasta el portal de ella, dónde, a medida que se acercaban, el tono se iba volviendo más serio y apesadumbrado de nuevo.

- Creo que ahora si que debo marcharme, es tarde y debes descansar.
- Estas hecho todo un caballero, me extraña mucho que no tengas que quitarte a las “damas” con spray
- Ellas se lo pierden – Alberto forzó una sonrisa en ese instante, pues no era un tema que le gustara demasiado, pero no quería estropear la noche perfecta.
- Desde luego. Pero si, tienes razón, ya es muy tarde.
- Pues...hasta pronto... espero. Cuidate y recuerda lo mucho que vales.
- Lo haré, descuida. Y tu ve rápido a casa ¿eh? que tienes que descansar también. Hasta luego

Alberto se dispuso a dar la vuelta y encaminar sus pasos hacía su casa cuando notó que Irene le sostenía del brazo.

- Espera Al.

Sus miradas se encontraron, el tiempo se detuvo, no hacía falta decir nada. Estaban viviendo uno de esos momentos que sólo ocurren en las novelas de fantasía. Ambos habían leído muchas novelas y sabían lo que iba a ocurrir a continuación. Irene fue acercando sus labios a los de él, completamente entregada. La distancia ya era tan corta que podían sentir la respiración del otro cuando Alberto detuvo a Irene poniendo un dedo en sus húmedos labios.

- No puedo hacerlo Irene, así no.
- Pe... pero Alberto – Avergonzada se alejó de él y bajó la vista – No tenía que haber hecho nada, soy tonta.
- No Irene, no lo entiendes – Dijo Alberto sujetando su mano – Yo... yo te amo, te amo más de lo que nunca imaginé que se pudiera amar a nadie. He soñado este beso millones de veces. En miles de ocasiones he imaginado este momento de muy diversas formas. No hay nada que desee más en el mundo que fundirme en un beso contigo. Pero hoy... no es el momento. Estas triste y no me gustaría que mañana te arrepintieras de este momento. No quiero aprovecharme de tu debilidad.

Él también bajó la cabeza, odiándose cada vez más.

- Puede que tengas razón, caballeroso hasta en esto. Creo que me subo ya. Adios.

Irene entró en el portal, veloz como un rayo mientras Alberto se quedaba ahí plantado, sin poder moverse, solo pensando “caballeroso no, imbécil...”.
Por fin consiguió fuerzas para emprender el camino de regreso a casa. Un camino amargo e hiriente, a cada paso que daba iba sintiendo más ira contra si mismo y más tristeza. Golpeando las paredes hasta hacer sangrar sus nudillos, el dolor físico le permitía no pensar unos segundos.
Ya en casa, fue derecho a su habitación, donde lo había dejado todo preparado esa mañana. Cogió la nota y la releyó varias veces, pensando. No aguantaba más, nunca se había odiado tantísimo como esa noche, nunca había tenido tantas ganas de desaparecer, pero no podía hacerle eso a Irene. Puede que le volviera a necesitar según estaba y, además, hacerlo esa noche implicaría que ella se sintiera eternamente culpable y bajo ningún concepto quería cargarle con ese peso.
Así que rompió la nota y decidió esperar unos días más, al fin y al cabo podía hacerlo cuando quisiera.

Pasaron varios días, puede que incluso semanas, aburridos, monótonos y, sobre todo, muy largos. Alberto sólo fue capaz de sobrellevarlos por el recuerdo de aquella noche y por los mismos motivos que retrasó su final.
No había tenido ninguna noticia de Irene desde entonces. Si sabía que estaba bien y que había su vida de una manera absolutamente normal. Pero él no la había visto y no habían vuelto a contactar. Cada día estaba más convencido de que no volvería a tener noticias suyas y que había desperdiciado la única oportunidad de probar el sabor de un beso de sus labios. Pero en el fondo no se arrepentía de su decisión, no podía cambiar como era y en su moral no entraba aprovecharse de esos momentos.
Esa mañana no había tenido mucho trabajo, la verdad es que estaba todo muy parado por líos de presupuestos y no había mucho que hacer, con lo que el tiempo en el despacho Alberlo lo pasaba perdido por los mundos de internet. Entonces vio llegar un correo, un correo sin asunto y cuyo usuario remitente era “irenecc”. No había duda, era ella, pero en la cabeza de Alberto no encajaba esa posibilidad, al fin y al cabo él nunca le había dado su correo, y mucho menos al que le había llegado el mensaje.

- ¿Cómo ha conseguido esta dirección? - Pensó Alberto. - Y lo más importante, ¿por qué?

Al final consiguió atinar con el ratón a abrir el mensaje, que se componía sólo de dos palabras:

Te quiero

viernes, 6 de abril de 2012

La Petite Mort


curiosidad
diversión
caricias
excitación
dolor
confianza
calor
compenetración
humedad
entrega
ardor
placer
liberación
y después... nada



Autor: Enrique Vázquez de Luis

martes, 25 de octubre de 2011

La belleza de una tarde lluviosa

La comida fue ligera. Había llegado a casa con hambre debido a la frustración de la mañana y hubiera preferido otro tipo de alimento, pero no estaba en posición de elegir nada. Todos los planes que había hecho se le habían ido trastocando uno por uno y el cielo no auguraba que la cosa fuera a mejorar por la tarde, así que agarró la cuchara y, sin rechistar, se comió la novedosa sopa, los filetes y la fruta.

Al terminar trató de mirar el correo y, ¡sorpresa!, el ordenador no le cargaba el sistema operativo. Estaba claro que no era su día.

Llegó la hora de partir de nuevo a trabajar, y esta vez sin ninguna tarea que realizar, esperaba una larga tarde por delante. Y el lo sabía, pero se consolaba a si mismo pensando en los 5 segundos que iba a poder vislumbrar a su amada.

Como era de esperar, dado que no había cogido el paraguas, al llegar al primer cruce empezó a llover. Primero eran unas pocas gotas que ni siquiera molestaban, pero en pocos minutos caía una auténtica tromba de agua.

Cuando por fin llegó al despacho, estaba calado hasta los huesos y al entrar, su paraguas, el mismo que había dejado allí al irse unas horas antes, se calló al suelo como diciendo “te lo dije”. Se sentó en su silla y encendió el ordenador del trabajo, “Vaya, este si funciona” pensó él con cara de frustración.

Pasó el tiempo, lento, pesado, casi agónico. Montones de webs pasaban ante sus ojos sin producirle ningún estímulo intelectual. No podía dejar de juzgarse a si mismo, analizar situaciones, tratar de resolver ecuaciones sin solución del gran problema que es la vida.

Era la hora indicada. La hora en que la chica que poblaba sus más preciados sueños iba a pasar por una zona que estaba a su alcance, a escasos 100 metros. Se dirigió hacia allí algo más animado y con unas cuantas excusas preparadas porque la gente ya empezaba a hacer preguntas un tanto incómodas.

No se sentía muy orgulloso de lo que hacía, pero sabía que era la única forma de verla, de saludar y, si había suerte, ganarse una sonrisa de sus hermosos labios. No era capaz de ser más directo para no tener que provocar el encuentro, era su forma de ser, no le gustaba pero no podía evitarlo.

Llegó a la zona más propicia para un encuentro y allí se quedó, esperando. Pasaron por delante algunos antiguos compañeros a los que saludó y habló con ellos un par de minutos, así la espera no sería tan larga.

Pero el ansiado momento no llegó, había pasado demasiado tiempo y ella no había aparecido por allí. Cabizbajo emprendió el camino de regreso al despacho, abatido por el nuevo golpe que había recibido.

A medio camino, un escalofrío, una corazonada, una sensación extraña le hizo darse la vuelta, y la vio a lo lejos, saliendo del aparcamiento, con cara de llegar tarde y bastante prisa. Se dirigió hacía ella para poder contemplarla un momento más y entonces ella se giró hacía él, le vio y detuvo su carrera.

Sus ojos se cruzaron, conectaron. Ella sonrió feliz, él quedó petrificado, hipnotizado por la belleza de su rostro y por esa sonrisa que tanto ansiaba ver. No era capaz de pensar en nada aunque todo el caos del universo estaba en su cabeza. Una idea, un pensamiento empezó a distinguirse y a sobresalir sobre los demás. “¿Qué harías si este fuera tu último día?”

Lo tenía claro, sabía la respuesta a esa pregunta y con una extraña determinación se dirigió hacia ella. Justo cuando de sus labios iba a salir un tímido saludo quedaron sellados por los de él. Se fundieron en un cálido beso que ninguno de los dos sería capaz de olvidar.


Autor: Enrique Vázquez de Luis


lunes, 6 de diciembre de 2010

Una mañana de Enero

Allí estaba él, más nervioso que nunca, plantado frente a ella, con la mirada fija en sus ojos azules, de un azul intenso por el frío que hacía. Habían pasado 15 días desde aquella emotiva despedida en la estación, 15 largos días con muchas pensamientos para reflexionar, muchos sentimientos que ordenar pero, sobre todo, la necesidad de volver a tenerla a su lado.

Se habían estado poniendo al día de lo sucedido esa Navidad, una mera excusa para verse. Y allí estaban, callados, mirándose. Él acercó su cara a la de ella muy despacio y, tras armarse de valor consiguió que una pequeña frase saliera de sus labios: - ¿Cómo te puedo querer tanto? - El silencio se volvió a apoderar del mágico momento unos instantes hasta que logró articular otra pregunta - ¿Te gustaría salir conmigo?

Así permanecieron unos minutos, frente con frente, sin apartar la vista de la mirada del otro. Podrían haber estado así años y no se habrían dado cuenta y de repente, ella contestó a la pregunta de manera cálida aunque enigmática - Puede


Autor: Enrique Vázquez de Luis